Libros: Manuel Vicent #Literatura

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NELSON RIVERA 12 DE SEPTIEMBRE 2016 – 12:01 AM

Hay algo virtuoso en Los últimos mohicanos. Generosidad recurrente, apertura de espíritu, responsabilidad incluso cuando valora. Manuel Vicent (1936) ha ordenado 21 retratos de escritores e intelectuales que, más allá de sus peculiares facetas y trayectorias, tienen en común el que ejercieron el periodismo. Por supuesto, en tiempos diferentes, asediados por distintos apremios (aunque, en su mayoría, sus vidas fueron profundamente impactadas por la Guerra Civil de España). Todos nombres decisivos: Vicente Blasco Ibáñez, Miguel de Unamuno, Azorín, Ramiro de Maeztu, Corpus Barga, Manuel Chaves Nogales, Luis Bagaría, José Bergamín, José Ortega y Gasset, Julio Camba, Eugenio d’Ors, Ernesto Giménez Caballero, César González-Ruano, Pedro Luis de Gálvez, Álvaro Cunqueiro, Manuel Aznar, Ramón Gómez de la Serna, Eduardo Haro Tecglen, Luis Carandell, Francisco Umbral y Manuel Vásquez Montalbán.

Los he listado aquí, para hacer evidente la riquísima paleta de tonalidades, intereses, modos de proceder y afiliaciones políticas. Si el signo de la selección de Vicent es la diversidad, cada uno de los retratos es una proeza de especificidad humana y profesional. El autor no se permite facilidades. Circula lejos de las generalidades. Varía los modos de construir cada retrato. Escoge los episodios que resultan más elocuentes de quien se propone retratar. Esto es vital: aquí nadie se parece a nadie. Ningún oficio es igual a otro. Priva la desemejanza, la inequívoca particularidad de cada persona.

De Unamuno: “Es difícil encontrar algo, alguien, institución, ideología, régimen, causa, programa, creencia, a los que Unamuno no se hubiera enfrentado después de haberlos abrazado con las armas de su personalidad conflictiva”. De Julio Camba: “Julio Camba fue un cosmopolita literario, un corresponsal de lujo en Berlín, en París, en Londres, en Nueva York, en Roma, en Lisboa, en Estambul, y las percepciones que obtenía de primera mano de los países que visitaba y de las gentes que se cruzaban en su vida siempre eran originales y se convertían en categorías para transformarse después en tópicos de uso común. Julio Camba no sabía idiomas, pero suplía esta carencia con la agudeza de sus ojos. Miraba todo lo que sucedía a su alrededor con una ironía perpleja, como si el mundo se acabara de inventar para él”. De Gómez de la Serna: “Era un escritor virtuoso disfrazado de escritor: el chaleco, la pajarita y la pipa en la que a veces plantaba un geranio, el flequillo ondulado en la frente como de niño con mofletes espesos, su cuerpo en forma de barrilete humano de diseño, bajo el traje a rayas. Su figura se multiplicaba en la cabecera de todos los banquetes, en homenaje a sí mismo y a otros; daba conferencias vestido de torero, con gorro de Napoleón, con medio cuerpo a oscuras, disfrazado de medio ser, con una maleta llena de sortilegios, siempre dispuesto a sacar un nuevo conejo de la chistera”. Y así: elocuente y revelador en cada ocasión. Lúdico y oficioso.

Y aquí me devuelvo a la afirmación de la primera línea, para señalar que el virtuosismo de Los últimos mohicanos lo es por partida doble. Lo más evidente: no se limita a sus poderosas capacidades como narrador, como constructor de caracteres: la prosa de Vicent tiene algo de inyección de yodo que penetra y hace contrastables los asuntos clave, los avatares de cada uno de sus 21 escogidos. Cada retrato es una investigación, no total, pero sí una aproximación a la línea visible, pública, de estas figuras del periodismo.

La otra señal virtuosa de este libro reside en la práctica del reconocimiento, que no se separa de su voluntad crítica. Vicent nos recuerda que un homenaje puede formularse desde la disidencia, la solidaridad, la discrepancia ideológica, la proximidad afectiva o la distancia moral. Sus ejercicios de reconocimientos no se limitan a los que admira, sino también a otros que, en su visión-país, lograron hacerse visibles, dibujaron trayectorias que no pueden desconocerse, olvidarse, borrarse, aun cuando hayan sido parte de una voluntad política contraria. Reconocer y admirar, especialmente a quienes piensan distinto, es un modo de ejercer el más alto republicanismo.

*Editorial Alfaguara, España, 2016.

http://www.el-nacional.com/nelson_rivera/Libros-Manuel-Vicent

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